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1º Capítulo: Enterrada

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1 1º Capítulo: Enterrada el Mar Nov 17, 2009 7:19 pm

Raven Madison


Vampire Kisses
Me desperté de un sueño mortal metida en el ataúd de Alexander.
Desde que había llegado a la Mansión, poco antes del amanecer, el domingo por la mañana, me había tumbado junto a mi novio vampiro, Alexander Sterling, que dormía las soleadas horas del fin de semana, escondido en la habitación oculta del ático. Era un sueño hecho realidad. Mi primer verdadero bocado, —o en este caso mordisco—, del estilo de vida de un vampiro.
Recostada en la cama de mi amor verdadero—un claustrofóbico ataúd negro de madera. Estaba como ciega como cualquier murciélago, podríamos haber sido enterrados en los nichos más profundos a largo de un olvidado cementerio. Encerrada en nuestro cuarto compacto, podía fácilmente tocar la tapa cerrada encima de mí y rozar con el codo el lateral del ataúd. El dulce aroma de pino y cedro flotaba a mí alrededor, como incienso. No podía ver nada, ni siquiera mis propias uñas negras. No se oía ningún sonido proveniente del exterior. Ninguna sirena, un pájaro, o el aullido del viento. Incluso perdí la noción del tiempo. Sentía como si fuésemos las dos únicas personas en el mundo—que no existía nada fuera de los límites de las paredes del ataúd.
Cubiertos por la oscuridad y un edredón de plumas tan suave como una telaraña, estaba rodeada por los árticos brazos blancos de Alexander, mi cabeza descansaba contra su pecho. Sentía su cálido aliento contra mi mejilla. Imaginé sus pálidos parpados que cubrían sus ojos marrón chocolate. Juguetonamente toqueteé sus labios de terciopelo y rocé sus dientes perfectos hasta que sentí uno tan afilado como un cuchillo.
Probé mi dedo por si sangraba. Lamentablemente, no había ninguna gota.
Estaba tan cerca de ser parte del mundo de Alexander—constantemente.

O no?

Aunque era domingo y estaba agotada de haber pasado las últimas semanas protegiendo a mi némesis, Trevor Mitchell, de los colmillos de los vampiros gemelos, Jagger y Luna Maxwell, estaba inquieta. No podía cambiar mi patrón de dormir de la noche al día.
Abrazada a Alexander, compartiendo su mundo, no quería nada más que pasar nuestro tiempo besándonos, abrazándonos y hablando.

Pero mientras él dormía tranquilamente, yo sólo podía pensar en una cosa: en un vampiro preadolescente que había llegado a Dullsville. Y su nombre era Valentine.
El hermano pequeño de los infames Nosferatu gemelos que se había presentado con su propio ataúd unos días antes en algún lugar del mundo vampírico y que había sido descubierto en Dullsville por mi hermano y su compañero empollón, Henry.
Sólo podía suponer como era Valentine basándome en la descripción de mi hermano: piel pálida, orejas perforadas, uñas de negro. Me imaginaba una versión más pequeña de Jagger —enigmático, triste, horrible. Igual de cruel que su hermano, y el polo opuesto de lo que yo era. Sí solo hubiese sido bendecida con un macabro hermano pequeño. Hubiéramos pasado nuestra infancia persiguiendo fantasmas en el cementerio de Dullsville, buscando arañas escalofriantes en el bosque de Oakley, y jugando al escondite y gritando en nuestro sótano. En cambio, crecí con un hermano que prefería “diseccionar” raíces cuadradas en lugar de solo diseccionar gusanos.

Me preguntaba por qué Valentine había aparecido de repente en la conservadora ciudad de Dullsville, lejos de su patria rumana. Ahora que Alexander y yo estábamos libres de los hermanos mayores Maxwell, teníamos una nueva misión de investigación—descubrir el paradero del preadolescente Valentine, sus motivos y mantener alejado a Billy antes de que fuese demasiado tarde. Pero durante las horas de luz mi hermano y Dullsville no estaban en peligro, por lo que mi mente volvió con el único vampiro con el que me sentía segura.
Mientras Alexander y yo estábamos en la oscuridad, enterrados y entrelazados, acariciaba su sedoso cabello negro.

No había ningún lugar para mí a la luz del día sin él. Había aceptado los peligros de los que Alexander me había advertido, pero no podría pasar una eternidad en el sol abrasador, sin mi verdadero amor. Alexander no sabía que yo podría adaptarme fácilmente a su mundo, durmiendo juntos en nuestro acogedor ataúd, volando juntos por el cielo nocturno, y viviendo en la polvorienta Mansión? Me preguntaba qué tipo de vampiro sería: Una soñadora apacible como Alexander o una amenaza sanguinaria como Jagger? De cualquier manera, ahora que Jagger y Luna se habían ido de Dullsville, Alexander y yo finalmente teníamos la oportunidad de compartir nuestro mundo mortal e inmortal. Sin embargo, había un nuevo obstáculo en nuestro camino, ahora que Valentine estaba en la ciudad.

Alexander se movió. Él tampoco podía dormir.
"Estás despierta", susurró dulcemente. "Estoy seguro de que debe resultarte difícil ajustarte a mi horario."
No quería admitir que no podía ser una perfecta vampiresa.
"No podía descansar teniéndote tan cerca. Me siento más viva que nunca", le dije.
Con mis dedos acaricié su cara y encontré sus suaves labios. Me incliné para besarlo, pero mi nariz accidentalmente lo golpeó.
"Lo siento", dije con una risita.
"Uno de los inconvenientes de un mortal", se burló él, con una sonrisa en su voz. "Pero vale la pena."
"¿Qué quieres decir?"
En lugar de responder, me tocó suavemente la mejilla, enviando una sensación de hormigueo por mi cuerpo.
Luego, presionó sus labios contra los míos y deslizó sus dedos por mi columna vertebral. Pensaba que me iba a morir. Mi cabello cayó sobre mi cara, y él hizo algo que no podía imaginar que pudiese hacer en la oscuridad.
Lo retiró con delicadeza.
Jadeé.
"¿Cómo supiste que mi cabello estaba delante de mis ojos?"
Alexander no respondió.
"Puedes ver!" Dije a ciegas. "Puedes verme".
"Soy muy afortunado", finalmente admitió. "Estás muy hermosa."
Alexander tenía tantos misterios, me preguntaba cuantos mas me estaría ocultando—y cómo podría descubrirlos.
Enterré mi cabeza en su pecho mientras me acariciaba suavemente la espalda.
"El sol se ha puesto", dijo con naturalidad.
"¿Ya? ¿Cómo lo sabes?" , Le pregunté. "También lo puedes ver?"
Pero no respondió.

Pude escuchar como Alexander levantaba la tapa del ataúd. Agarró mi mano y de mala gana me levanté, en medio de una oscuridad total.
Alexander me recogió en sus brazos y me sacó del ataúd, como si fuese Drácula sosteniendo a su novia mortal. Me bajó con cuidado y me colocó a su lado, aunque no era consciente de nuestra ubicación exacta. La manilla y la puerta chirriaron al abrirse. Mis ojos parpadeaban tratando de adaptarse a un haz de luz de la luna que atravesó la habitación.
Nos pusimos nuestras botas mientras yo estaba sentada en la cómoda silla de Alexander y el se arrodillaba en el desigual duro piso de madera.

"Entonces, me vas a enseñar a volar?" Le pregunté, bromeando.
"Valentine no es la clase de muchacho con la que Billy deba andar. Tenemos que llegar a tu hermano antes de que lo haga él."
Con eso, Alexander cerró la puerta del cuarto secreto, agarró mi mano, por ahora, había cerrado la puerta al inframundo.


Ahora que la oscuridad que había caído en Dullsville, era fundamental que Alexander y yo encontráramos a Billy, pero estaba desgarrada. Hoy había tenido mi primera experiencia real como una vampiresa. En realidad nunca había pensado que conseguiría pasar las horas de luz del día en un ataúd con un vampiro. No quería que esto terminase. Cuando llegamos a la puerta del ático de Alexander, me detuve.
"Tenemos que irnos", dijo.
"Lo sé".

Me imaginaba mi vida con Alexander, su caballete en un rincón, mi vestidor Hello Batty adornado con figuras en el otro. Por la noche pasearíamos por el cementerio de la mano. Veríamos Halloween en su enorme TV y seguiríamos espectros por los pasillos de su frágil y terriblemente desolada mansión.
Alexander extendió su mano. A regañadientes le permití que me llevase lejos de mi mundo de ensueño. Caminamos por la mansión a la luz de las velas, más allá de las enormes habitaciones con techos por las nubes, y el viento susurrando a través del corredor.
Al pie de la escalera con la alfombra roja nos saludó el mayordomo de Alexander, Jameson, que se veía especialmente raro en el día de hoy en su traje negro de época. Debe de haber quedado para salir con su nueva novia, mi ex jefa Ruby White. Sus ojos eran muy saltones, pero su fantasmal rostro blanco se enrojeció cuando nos habló.

"Buenas tardes, señorita Raven", dijo suavemente con su acento rumano.
"Hola, Jameson".
"Les serviré la cena en unos momentos", dijo el extraño hombre.
"Te lo agradezco, Jameson, pero no tenemos tiempo para eso ahora", comentó Alexander, al igual que Batman a su mayordomo, Alfred.
Sentí una punzada de soledad por Jameson—que tendría que comer solo en la Mansión.
Pero Jameson miró aliviado, y mientras cogíamos nuestras chaquetas, pude escucharlo hablar por teléfono. "Señorita Ruby? Estoy disponible para la cena antes de lo que tenía pensado… Maravilloso. Sí, estaría agradecido si pudiera recogerme aquí. Me gusta que las mujeres se pongan al mando", bromeó.


Me sentía como si estuviésemos viajando campo atraviesa mientras Alexander conducía el Mercedes de Jameson por la sinuosa y desolada carretera de la colina Benson a las cuidadas e inmaculadas calles de mi barrio suburbano.

Ansiosa por encontrar a Billy, corrí por las escaleras delanteras y hurgué en mi colección de llaves—una de casa, una de la puerta delantera y de la puerta de atrás, una de la taquilla, la del diario, y un par de ellas que no podía recordar que abrían. Todas se adjuntaban a varios llaveros—una figura de Olivia Outcast, un muñeco Hello Batty, y una imagen plastificada de Donnie Darko.
Mis manos temblaban mientras trataba de encontrar la correcta.
Alexander tranquilamente puso su mano en la mía, su anillo de araña de plástico negro atrapaba la luz de la luna, y cogió el llavero.
Rápidamente eligió la llave de mi casa y lo puso en la cerradura.
En un momento, estábamos dentro.

"Billy?" Llamé desde la parte inferior de las escaleras.
No hubo respuesta. Ni siquiera un "Vete".
Me volví a Alexander. Quien me miró preocupado.
Subí por las escaleras y me dirigí a la habitación de Billy. Un signo al azar pintado de negro y rojo estaba colgando de su puerta cerrada. "NO SE ADMITEN MORBOSOS. ESTO SE REFIERE A TI, RAVEN!"
Gruñí y abrí la puerta.

"Tenemos que hablar", le advertí.
Todo—escritorio, ordenador, juegos, carteles deportivos, la cama desecha—estaba presente en la habitación de mi hermano. Excepto él.
Busqué por el cuarto de baño y la habitación de huéspedes muy bien arreglada, pero no encontré a mi molesto hermano.
Bajaba por las escaleras mientras la puerta delantera se abría.

"Billy?", pregunté.
En cambio, era mi madre, vestía un suéter de Ralph Lauren malva y pantalón gris, que entraba en el vestíbulo.
"Bueno, hola, Alexander", dijo, sus ojos brillaban. "Es agradable volver a verte".
Alejandro siempre se ponía nervioso cerca de mis padres. "Hola, Sra. Madison", respondió, aplastando el pelo nerviosamente.
"Te tengo dicho que puedes llamarme Sarah", dijo con una risita tonta de colegiala.
Hice rodar mis maquillados ojos negros. No estaba segura si mi madre estaba feliz de que alguien en Dullsville me aceptase o si era los fascinantes ojos chocolate de Alexander los que la hacían comportarse así. O tal vez ella tenía flashbacks de sus días de hippie.
No había suficiente tiempo o terapia para entenderlo.
"Estoy tan feliz de que estéis aquí," dijo dulcemente. "Justamente iba llamaros a ti y a Alexander—"
"Billy llegará a casa pronto?" La interrumpí.
"No, por eso pensé que sería una gran oportunidad para cenar juntos. Solamente nosotros cuatro."
Suspiré. Finalmente, después de todos estos años criticando mi forma de vestir, mi madre por fin me trataba como una joven adulta. Desafortunadamente para mí, no podía disfrutar de mi oportunidad de ser adoctrinada en el círculo de la aceptación paternal. Tenía otras cosas en mi mente.
"Tengo que hablar con Billy".
"Está en el club de matemáticas", dijo, agarrando un chaleco gris del armario del vestíbulo. "Alquilan la biblioteca durante la última parte del curso."
"Tengo que decirle algo", le dije.
"Tenemos reservas en el Bistró Francois. Su padre tuvo que pasar por la oficina pero se reunirá allí con nosotros."
"¿Francois'?" Aunque el conservador Dullsville era tan pequeño como un hoyo de golf, Francois estaba en el lado opuesto de la ciudad, lejos de la biblioteca.
"¿Qué tal el Club Cricket?" Recomendé, sugiriendo un restaurante más cercano a la ubicación de Billy.
"¿Quieres ir al Club Cricket?" preguntó. "Pensaba que no te gustaba ese restaurante."
"¿Por qué no?, Es popular y divertido", dije convincentemente.
"Eso es exactamente la razón por la que pensé que lo detestabas".
Mordí mi labio negro.
"Llamaré a tu padre desde el coche. Creo que tiene el número del restaurante en la marcación rápida", dijo, agarrando las llaves del coche y conduciéndonos hacia la puerta delantera.

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